Temprano en la mañana, y aun con la resaca de una despedida ausente salí a caminar en búsqueda de un trabajo. Como si de una contra reloj se tratase mantenía un paso firme y constante, creyendo que la persistencia seria mi mejor aliado.
Sesenta y dos copias de mi currículum. Ese era el contenido de la carpeta roja que llevaba. Sesenta y dos oportunidades con las que conseguir un trabajo. Sesenta y dos ocaciones en las que tendría que venderme al capullo de turno en un tiempo máximo de dos minutos, con lo que, pensándolo fríamente, me estaba poniendo un limite de 128 minutos para dar con aquel que trague con todas las medias verdades que puedan caber.
Me había olvidado del calor que reina en Sevilla. Las gotas de sudor que caían sobre el mapa de la ciudad al tiempo que marcaba las zonas ya recorridas daban por bueno mi esfuerzo.
Cada paso era una tortura. ¡Maldita sea la hora en que decidí por la mañana usar zapatos!. Me pregunto si el decidirme por los zapatos sabiendo lo doloroso que estos eran no era mas que una decisión tomada por mi inconsciente a modo de autoflagelacion con el objetivo de mantenerme despierto y no dejarme llevar por el encanto de los sueños.
Comienzo a dudar de lo que realmente vengo a buscar a Sevilla. ¿Un trabajo como medio de subsistencia?. ¿Un amor que me haga olvidar de todos los problemas que acarrea mi pesada maleta?. ¿Amistades que no tengan fecha de caducidad?. ¿Demostrarme que estoy equivocado al creer que la felicidad es una utopía?. ¿O quizá pueda que realmente no sepa aun que es lo que tanto ansío encontrar?.

"Ya te llamaremos", "El encargado no esta pero puedes dejarme el currículum a mi", "Nos sobra personal", todas frases que castigan el animo de cualquier parado. Embistes que nos se pueden esquivar, que te aturden, pero que sin saber uno bien porque, no terminan por golpearte. Masoquistamente luego de cada respuesta de esas pasamos a otro sitio esperando que nos reciban con los brazos abiertos, con un contrato indefinido y un sueldo que permita olvidarse de los calendarios que nos recuerdan la proximidad del día 31 y la lejanía del día 5. Aun así, todos sabemos que es casi seguro que en el próximo sitio que dejemos nuestro currículum solo recibiremos un violento golpe a mano abierta.
Con el sol huyendo cobardemente sobre Triana, decido que es hora de volver. Fueron muchos cachetazos para un día. A pesar de ello, alguno de los golpes quizás pudo tener sabor a caricia.
"¿Quien soy?", me susurra al oído tapandome los ojos mientras esperaba por cruzar una avenida. Busco y rebusco en mi cabeza queriendo emparejar esa voz con una cara. Nada. Me averguenzo de mi e intento redimirme en mi falta de memoria. "Lo siento, cielo. Solo se que tienes unas manos muy suaves y que hueles muy bien, pero soy muy malo para estos juegos, ¿quien eres?".
"Sonno io!!", me gira y reconozco su cara, lamentablemente su nombre aun no me viene a la cabeza. Me alegro el verla, guardaba lindos recuerdos de ella. Estaba dentro de la lista que todos tenemos en las que clasificamos a la gente en "buena" o "mala", ella era de las buenas.
Me pregunta por un trabajo que aun no encontré y por una casa que ni siquiera comencé a buscar. Me ofrece unirme a "Médicos sin fronteras" a cambio de un sueldo bajo y de parar a la gente por la calle pidiéndoles un donativo. Por un instante pensé que un trabajo es un trabajo y que no estaba en condiciones de rechazar absolutamente nada. Pero algo me decía que tenia que esperar.
Hablamos un par de trivalidades mas y nos despedimos no sin antes intercambiar nuestros telefonos. "Italiana buena", puse en la agenda del movil. Ya me acordaria de su nombre en otro momento.
Apago la television. Me quito los zapatos aliviando a esos tomates que tengo como pies. "Isabella!", me grita una neurona. Apunto su nombre en el telefono.
Con el salon a media luz, intento relajarme y acomodar mi plan para el dia de mañana.
De fondo, se sigue escuchando esa guitarra con acordes de blues.
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